
Kurt Vonnegut Jr. (Indianápolis, 1922 - New York, 2007) es un autor cuya obra rompe los esquemas de quienes pretendan clasificarla de manera sencilla o fulminante, buscando baratas filiaciones genéricas a las que aferrarse. Si, de hecho, el norteamericano tiene en su haber algunas notables novelas de ciencia ficción, como esta que nos ocupa, hay que reconocerle los méritos del esfuerzo por una carrera literaria temáticamente amplia, iconoclasta y de lo más variada, sólo encorsetada – si así puede decirse – por la personalísima manera de ver la vida del propio autor, que queda evidenciada en toda su obra. Títulos alejados por completo de lo que un aficionado al género buscaría, como las muy ácidas Dios le bendiga, Mr. Rosewater o Cuna de gato; o la tremebunda Madre noche, (sin olvidar su famosa Matadero Cinco) son las vigas que sostienen el entramado creativo de un lúcido y corrosivo (adjetivos a menudo utilizados para referirse a Vonnegut, y aquí, me temo, no seré nada original) ser humano que, como deja entrever con frecuencia, se ha servido de la literatura para exorcizar sus demonios personales y, de paso, mofarse a conciencia de las contradicciones de nuestra especie, cuando no, directamente, de la propia especie.
Centrándonos en Las sirenas de Titán, título que no nos dará ninguna clase de pista clara acerca del rico argumento de la novela, la cosa está como sigue: el señor Winston Niles Rumfoord y su perro Kazak, viajando en la nave espacial privada del primero, han penetrado en el corazón de un infundibulum crono-sinclástico, más allá de Marte. Debido a las extrañas características del mismo, amo y perro se han convertido en un fenómeno ondulatorio tiempo-espacial, en una singularidad que, ineptamente, excusaré explicar aquí y dejo a la interpretación de los lectores de la novela. Por ello, Rumfoord y Kazak existen a todo lo largo y ancho (¿y alto? ¿profundo?) del Universo, tan solo materializándose en determinados lugares durante algunos minutos. Rumfoord puede así conocer tanto el pasado como el presente y el futuro de toda la existencia. Sus apariciones repentinas dentro del recinto de su mansión son esperadas por multitudes que lo tienen por el fenómeno más increíble que se ha producido en la Historia de la Humanidad. Su mujer, Beatrice, harta de todo y de todos, amargada, se encierra en la mansión evitando todo contacto con sus semejantes. Hasta que la irrupción en escena de Malachi Constant, un ricacho despreocupado y vividor tocado por la mano de la fortuna, echa a rodar los engranajes de una aventura ciertamente atípica.
Las sirenas de Titán narra también una invasión marciana de la Tierra, la invasión marciana más desgraciada que puedo recordar, por cierto. Podremos contemplar las danzas de algunas fantásticas naves estelares, descubrir extravagantes especimenes alienígenas que habitan las cuevas de Mercurio, llegar mucho más allá, hacia Titán y sus sirenas... Pero, es importante reseñarlo, en ningún modo nos encontramos una novela de sencillas aventuras espaciales, ni con meras directrices de pulp en estado puro que nos hagan atisbar explosiones, escaramuzas o saltarinas peripecias de una estrella a otra sin más justificación que la de la acción desnuda. La novela de Vonnegut puede calificarse de muchas formas, pero de ningún modo achacársele desnudez creativa. Como en la mayor parte de su producción, la esencia de todo lo narrado se apoya principalmente en los personajes. En gran manera en sus desventuras, sí, pero con mucho mayor calado en unas personalidades fuertemente dibujadas, complejas, con una pizca de excentricidad añadida y a través de las cuales Vonnegut descarga su riqueza de pensamiento. Unos personajes, en suma, perfectamente reconocibles como hijos de su padre literario. Así, el protagonismo recae casi exclusivamente sobre dos caracteres: un Winston Niles Rumfoord manipulador y escéptico que es capaz de contemplar todos los instantes y realidades, actuando entre las capas de ese tiempo que es él mismo (el infundibulum crono-sinclástico, una especie de aleph vonnegutiano, no es más que un recurso para poner en marcha las acciones del personaje); y Malachi Constant, un ser humano básico, elemental, favorecido en la Tierra por la posesión de una fortuna que ha ganado sin ningún esfuerzo, y convertido por Rumfoord en una marioneta de sus caprichos. Rumfoord es de hecho, y fríamente, el hombre más poderoso sobre la faz del planeta, casi ese Dios que se niega insistentemente a autoproclamarse, convirtiéndose en el portavoz de una religión unificadora que realmente ha creado, pero donde prefiere ser mensajero antes que profeta. Rumfoord y Constant, agua y aceite, mesías y mártir (no voluntario, eso está claro) del más sopesado entramado religioso de la Historia. El resto de personajes se arremolina alrededor de los dos hombres: Beatrice, la esposa de Rumfoord, tiene un papel fundamental aunque pasivo en la trama; sus acciones no son determinantes. Otros personajes secundarios dan, simplemente, el contrapunto adecuado a los protagonistas.
Poco más puede decirse sobre el argumento de la novela sin entrar en detalles concretos que no hagan más que despistar al lector. Las sirenas de Titán es una novela de alto octanaje que requiere una lectura atenta por su riqueza de matices y giros inesperados. Como es habitual en Vonnegut, se fundamenta en tres grandes temas que impregnan todo el conjunto: Religión, Política y Ejército. El autor, presente activamente en primera fila de la Segunda Guerra Mundial, utiliza constantemente la imagen de la institución militar en su obra, de manera mordaz y sin concesiones, y no es muy difícil ver en esos negros y lustrosos uniformes del ejército marciano que se apresta a invadir la Tierra una equivalencia con los uniformes de las SS; si bien el escepticismo y la mala leche diluyen toda sensación de recuerdos sombríos. Por otra parte, Política y Religión parecen ir de la mano en el pensamiento del autor, y seguramente con razón. Vonnegut pone al descubierto la sinrazón de las pautas establecidas por la sociedad y, a la vez que a través de sus personajes desnuda los sentidos y sentimientos más patéticos del ser humano, deja demostrado de una manera fabulosa que la Religión es la gran broma pesada que la Humanidad se gasta a sí misma desde el principio de los tiempos.
Todo ello presentado y envuelto en el inigualable estilo de un Kurt Vonnegut cuya marca de fábrica es la ironía soterrada que restalla en ocasiones puntuales con latigazos de sarcasmo dirigido de manera inteligente y directa a estimular el lado más irreverente del cerebro de todo lector.
Como toda la obra de Vonnegut, Las sirenas de Titán es un recordatorio constante de lo complicada que el ser humano ha hecho la vida en este planeta, o cualquier otro que pueda estar a su alcance; de la poca gloria y el escaso oropel que poseen las acciones humanas, aún cuando estas vengan pretendidamente envueltas en la gloria y el oropel. Vonnegut no es un misántropo. Y mucho menos un malhumorado y prejuiciado misántropo. Si acaso, su sutil misantropía está teñida de amargura feliz al contemplar los esfuerzos de sus semejantes por arreglar lo que ya funcionaba estupendamente; por emperrarse en tocar aquello que estaría mucho mejor como ya estaba... sin tocar. Y qué duda cabe que el de Indianápolis ha sabido sacarle todo el jugo posible.
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